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LA VIRGEN
NUESTRA SEÑORA
DE COROMOTO
PATRONA DE
VENEZUELA
Por: Hno.
Nectario María
La ciudad de
Guanare fue fundada el 3 de noviembre de 1591 por el Capitán
Juan Fernández de León, en un sitio inmediato al río de su
nombre, bajo la denominación de "Ciudad del Espíritu
Santo de Valle de San Juan de Guanaguanare". A mediados del
siglo XVII, el asiento de esta villa fue trasladado al lugar
donde hoy de encuentra.
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Entre los
indios que vivían en la región de Guanaguanare, había
una parcialidad designada con el nombre de
"Coromotos". Cuando llegaron los españoles y se
hizo el reparto de tierras e indios en encomiendas, los
Coromotos se internaron en la selva, montañas y dilatados
valles situados al noroeste de la ciudad de Guanare,
probablemente hacia las fuentes del río Guanaguanare (o
Guanare como decimos ahora).
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En esos apartados
lugares se mantuvieron los Coromotos muchos años, perdiéndose
completamente su memoria entre los pobladores de la Villa del
Espíritu Santo, hasta que llegó la hora de su conversión,
mediante la poderosa mediación de la Santísima Virgen María.
Un español
honrado y buen cristiano, llamado Juan Sánchez, obtuvo en
propiedad los feraces terrenos de Soropo, situados a cuatro o
cinco leguas de Guanare, en la margen derecha del Guanaguanare.
Juan Sibrián y Bartolomé Sánchez se le unieron para trabajar
juntos en la tala de los montes, siembra de los conucos y cría
de los ganados.
Cierto día del año
1651 el cacique de los Coromotos, en compañía de su mujer, se
dirigía a una parte de la montaña, en donde tenía una tierra
de labranza. Al llegar a una quebrada, una hermosísima Señora
de belleza incomparable que sostenía e sus brazos un radiante y
preciosísimo Niño, se presenta a los dos indios caminando
sobre las cristalinas aguas de la corriente. Maravillados éstos,
contemplan embelesados a la majestuosa Dama que les sonríe
amorosamente, y dirigiéndose al cacique le habla en su idioma,
diciéndole que saliera a donde estaban los blancos para recibir
el agua sobre la cabeza y así poder ir al cielo.
Estas palabras
iban acompañadas de tanta unción y fuerza persuasiva, que
enajenaron el corazón del cacique y le dispusieron a cumplir
los deseos de tan encantadora Señora.
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Por el mes
de noviembre del citado año, Juan Sánchez pasaba cerca
de aquellos lugares, siguiendo la vía que denominaban del
"Cauro", de viaje para El Tocuyo, a donde iba
con un asunto de importancia, cuando en cierto punto de la
montaña le salió al encuentro el jefe de los Coromotos,
manifestándole que una bellísima Mujer, con un Niñito
de hermosura singular,
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se le había
aparecido en una quebrada, dándole la orden de que saliera
donde vivían los blancos para que le echasen el agua en la
cabeza, con el fin de poder ir al cielo; y le manifestó que
tanto él como los de su tribu estaban resueltos a complacer los
deseos de tan excelsa Señora.
Juan Sánchez,
gratamente sorprendido por la relación del indio, le dijo que
iba de viaje para una población llamada El Tocuyo, que a los
ocho días estaría de vuelta y que durante este lapso de tiempo
se dispusieran para irse con él. Cumplido el plazo señalado,
Juan Sánchez estaba en medio de los Coromotos. Toda la tribu se
marchó con él español.
Siguiendo las
indicaciones de Juan Sánchez, la caravana se detuvo en el ángulo
formado por la confluencia de los ríos Tucupido y Guanaguanare,
en unos parajes que designaron con el nombre de Coromoto.
Juan Sánchez pasó
inmediatamente a la Villa del Espíritu Santo de Guanaguanare y
dio aviso a las autoridades de todo lo ocurrido.
Los alcaldes, don
Baltasar Rivero de Losada y don Salvador Serrada Centeno, que
gobernaban entonces la Villa, dispusieron que los indio quedasen
en Coromoto y nombraron a Juan Sánchez su encomendero, con el
encargo de señalarles tierras para sus labores y de
adoctrinarlos en los rudimentos de la religión cristiana. El
abnegado español cumplió su cometido con el mayor cuidado, si
escatimar medio alguno para hacerle cómoda y placentera su
permanencia en Coromoto.
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Los aborígenes
construyeron allí sus rancherías, recibieron las tierras
distribuidas y contentos asistían a la explicación
doctrinal, que con mucho fruto les daba el buen
encomendero. Ayudábanle a esta ardua empresa su señora y
los otros dos compañeros. El éxito iba coronando este
trabajo apostólico, pues poco a poco los indios recibía
las aguas bautismales y se regeneraban en este baño
purificador.
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El cacique al
principio asistía gustoso a las instrucciones, mas después se
fue poco a poco disgustando con su nueva situación, y anhelando
la soledad de sus bosques se apartó de las reuniones de Juan Sánchez,
sin querer aprender la doctrina cristiana ni recibir las
saludables aguas del bautismo.
Por la tarde del sábado
8 de septiembre de 1652 dispuso Juan Sánchez reunir a los
indios que trabajaban en Soropo, en vista de lo cual el
castellano instó al cacique a que se juntara con sus compañeros
y asistiera a los actos religiosos que iban a celebrarse en el
caney, que para estas reuniones tenía dispuesto junto a su
habitación. El indio negose rotundamente a esta invitación, y
mientras sus compañeros honraban con humildes preces a la Reina
de Cielos y Tierra, él, con grande enojo y rabia, salió
precipitadamente para Coromoto.
El bohío del
cacique Coromoto es el mejor del grupo de chozas que se asienta
sin orden ni medida entre ramadas, al pie de frondosos árboles;
sin embargo, es pequeño y pobre: unas cuantas varas de cada
lado son la extensión de su perímetro, sus paredes de
bajareque son bajas y sostienen un rústico techo de paja. Una
sola y pequeña puerta da entrada al corto recinto de esta
choza, donde al anochecer del sábado 8 de septiembre de 1652 se
hallaba la cacica, su hermana Isabel y un hijo de esta última,
indiecito muy agraciado, de doce años de edad, que unía al
candor de la inocencia, la sencillez y rectitud de un corazón
bueno.
En un rincón de
la choza ardía fuego, en medio de gruesos guijarros que sostenían
el tosco budare de tierra cocida, sobre el cual las dos indias
preparaban el tradicional casabe, mientras el indiecito, sentado
sobre un duro leño, descansaba dulcemente. Había llegado
aquella misma tarde de Soropo, con el objeto de ver a su madre,
pues de ordinario se quedaba con la esposa de Juan Sánchez ayudándola
en sus múltiples ocupaciones diarias.
Al pálido fulgor
de las ardientes ascuas distinguíase apenas el pobre ajuar de
esta rústica vivienda; en la pared, el arco y la flecha, arma
inseparable del indio y en cuyo manejo el cacique era muy hábil;
y junto a ella, el duho de cuero de venado, donde el cacique
descansaba después de larga cacería en la sabana o de la pesca
en el río vecino.
Cuando menos lo
esperaban las dos indias llegó el cacique de los Coromotos
triste y disgustadísimo, y si decir palabra se tiró
inmediatamente en la barbacoa. Las mujeres atribuyeron el tedio
y descontento que en él notaban a un exceso de ira, y ninguna
se atrevió a decirle la menor palabra.
Ya el astro del día
había desaparecido tras las encumbradas montañas, y la noche
extendía su negro manto sobre la inmensidad de la llanura y de
la selva. La bóveda del firmamento aparecía con su profundo
azul tachonada de innumerables estrellas, y la plateada luna que
salía de Oriente bañaba con su pálida luz la dormida llanura.
En las chozas del
pueblito de Coromoto, esparcidas a los pies de los árboles de
la selva, los niños, sobre toscas esteras tendidas en los
suelos, reposaban dulcemente.
En su rústico y
pajizo bohío, el cacique, revolcándose en su barbacoa, era el
blanco de una lucha oculta, pero terrible. En su imaginación veía
la quebrada... la gran Señora que se le había aparecido... oía
su voz, esa voz tan dulce, tan arrebatadora, cuyo solo recuerdo
le alegraba el angustiado espíritu y le serenaba el dolorido
corazón. Con todo, otros pensamientos turbaban su melancólico
y triste carácter: su orgullo, humillado por la obediencia y su
desenfrenada libertad, sacrificada en la encomienda, clamaban
por la completa emancipación; cierta rabia interna e
inexplicable, oído que atizaba el padre de la mentira, el espíritu
del mal, le pintaba el bautismo, la vida de los blancos como
insoportables. El sembrador de la cizaña creyó su presa
segura, pues el cacique estaba ya resuelto a huir a sus montañas
y antiguas habitaciones.
En este estado de
acerba tristeza y melancolía estaba el indio, cuando por un
misterio inexplicable de cariño y amor de la Madre de Dios a un
pobre hijo de Adán, bajó a la choza del cacique, en medio de
invisibles legiones de ángeles que formaban su cortejo. Habían
transcurrido tan sólo algunos instantes desde la llegada del
cacique cuando de modo visible y corpóreo La Virgen Santísima
se presentó al umbral del bohío del cacique. De todo su ser se
desprendían copiosos rayos de luz, que bañaban el estrecho
recinto de la choza y eran tan potentes que, según declaró la
india Isabel, "eran como los del sol cuando está en el
mediodía", y sin embargo no deslumbraban ni cansaban la
vista de aquellos felices indígenas que contemplaban tan grande
maravilla.
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Bajo la
influencia de estos inesperados resplandores, que trocaron
las tinieblas de la noche en la claridad del día, el
cacique volvió la cara y al instante reconoció a la
misma Bella Mujer que meses antes había contemplado sobre
las aguas de la plácida corriente en sus montañas, y
cuyo recuerdo jamás había podido borrar de su memoria.
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Distintas a las
del cacique eran las emociones de las dos indias y del niño,
que rebosando de satisfacción y contento, se deleitaban en
contemplar aquella criatura sin igual, alegría de los ángeles,
encanto de los elegidos, espejo donde se reflejan las infinitas
perfecciones de la Divinidad.
El indio pensaría,
probablemente, que la Gran Señora venía para reprocharle su
mal proceder e impedirle la fuga. Pasaron unos segundos... el
cacique rompió el silencio y dirigiéndose a la Señora le dijo
con enojo: "¿Hasta cuándo me quieres perseguir? Bien te
puedes volver, que ya no he de hacer lo que me mandas; por ti
dejé mis conucos y conveniencias y he venido aquí a pasar
trabajos". Estas palabras inconsideradas e irrespetuosas
mortificaron e gran manera a la mujer del cacique, la cual riñó
a su marido diciendo: "No hables así con la Bella Mujer,
no tengas tan mal corazón". El cacique, montando en cólera
y encendido en rabia, no pudo por más tiempo soportar la
presencia de la Divina Señora, que permanecía en el umbral,
dirigiéndole una mirada tan tierna y cariñosa, que era capaz
de rendir el corazón más empedernido; desesperado, da un salto
fuera de su barbacoa, coge el arco de la pared, saca del carcaj
una puntiaguda flecha, con la torcida intención de amenazar con
ella a la Gran Señora, llegando su locura hasta decirle:
"Con matarte me dejarás". En este preciso instante la
excelsa Señora entró en la choza, sonriente y serena; se
adelantó y se acercó al cacique, el cual, al imperio y respeto
de tanta majestad, o porque la Virgen lo estrechara de modo que
no tuvo lugar para el tiro, rindió las armas y arrojó el arco
contra el suelo.
Con todo, se lanza
aún sobre la Soberana Señora para cogerla con las manos y
echarla afuera... extiende rápidamente los brazos... y veloz
hace el movimiento de agarrar a la Stma. Virgen... pero, al
punto, la celestial visión desaparece repentinamente y lógrebas
tinieblas siguen a la viva luz que había iluminado el bohío,
teatro de tan grandes maravillas; solamente se percibía la pálida
luz del fogón que proyectaba la negra silueta del cacique sobre
la pared.
Las dos indias y
el niño sintieron amarga pena por la pésima conducta del
cacique y por la desaparición de la Bella Mujer, cuya vista había
sido para ellos en extremo embelesadora.
La buena mujer riñó
nuevamente a su marido, reprochándole su torpe e inconsiderado
proceder para con la Soberana Señora.
El cacique, fuera
de sí y mudo de terror, permaneció largo rato inmóvil, con
los brazos extendidos y entrelazados, en la misma posición en
que quedaron cuando hizo el rápido ademán de agarrar a la
Virgen. Tenía una mano abierta y la otra cerrada, que apretaba
cuanto podía, pues algo tenía en ella; y en su corto sentir
creía que era la "Bella Mujer" a quien había
atrapado.
La india Isabel,
sin atender a lo que acababa de suceder, dijo a su cuñado: ¿sabes
lo que ha sucedido? Balbuciente y tembloroso el indio contestó:
"Aquí la tengo cogida". Las dos mujeres,
profundamente impresionadas y conmovidas, bien por lo que
acababan de presenciar, bien por algún impulso soberano o
excitadas de la curiosidad, añadieron:
"Muéstranosla
para verla". El cacique se acercó a las ascuas, que todavía
ardían, alargó la mano, la abrió y los cuatro indígenas
reconocieron ser aquella una imagen y creyeron que era la de la
"Bella Mujer". Al abrir el cacique la mano, la
diminuta imagen despide rayos luminosos que producen gran
resplandor y creen los indios ser fuego natural que la gran Señora
lanza contra ellos. Sudor frío fluye del cuerpo del indio, y
con el mismo enojo y rabia de antes, envuelve la milagrosa
imagen en una hoja y la esconde en la paja del techo de su casa
diciendo: "Ahí te he de quemar para que me dejes".
El indiecito, que
interiormente desaprobaba la torpe e inconsiderada conducta de
su tío, se daba cuenta cabal de cuanto presenciaba, reparó
cuidadosamente el escondite de la sagrada imagen, y desde luego
resolvió dar aviso a Juan Sánchez de lo sucedido.
El recuerdo de la
Virgen Bendita no se apartaba ni por un instante de su espíritu;
lo que había visto le dejó impresión tan honda, que no le fue
posible entregarse al sueño; a eso de la medianoche, salió a
hurtadillas de la choza y se fue apresuradamente para Soropo.
Vadea el Tucupido,
corre a través de la llanura y del bosque, no le amedrenta la
soledad silenciosa de la noche, ni le infunde pavor el bramido
tigre de la selva, ni el grito de la fiera que ruge en la pampa.
Va presuroso y en poco tiempo recorre el trayecto entre Coromoto
y Soropo. Parece que la Virgen le ayuda y le hace liviano y
suave el andar. Llega a Soropo, pero como todos estaban
durmiendo, se acurruca junto a la puerta y allí espera hasta el
amanecer.
La esposa de Juan
Sánchez quedó sorprendida cuando al abrir la puerta de su
casa, en la madrugada del domingo, vio al niño junto a ella. El
indiecito refirió a la Señora lo mejor que pudo todo cuanto
había visto, aunque con alguna dificultad, pues no se expresaba
bien en castellano. La mujer llamó a su marido y le dijo:
"Juan ayer tarde dimos licencia a este niño para que fuera
a Coromoto a visitar a su madre y ha amanecido aquí, contando
que anoche una mujer muy linda llegó a la casa de su tío, el
cual la quiso tirar con su flecha, y que la cogió y la escondió
en su casa". Juan sonrió y no dio crédito a lo que decía
el indiecito. Volvió el niño a narrar la prodigiosa historia y
viendo que todavía no se daba fe a lo que relataba, dijo con
vehemencia: "Vayan a Coromoto ahora mismo y lo verán".
El pequeñuelo
insistió en que fueran con él a cerciorarse de la verdad del
hecho. Al fin, Juan Sánchez, para despachar al importuno, le
contestó: "Ve a buscar dos mulas e iremos contigo".
Es de saber que estos dos animales, sueltos en la sabana, eran
en extremo ariscos y montaraces; sólo se les podía coger con
un lazo o en corral y a veces se tardaban hasta dos horas para
traerlos.
El niño cogió
los cabestros, cruzándoselos a la espalda, se dirigió
presuroso a la sabana, donde halló las dos bestias juntas y muy
quietas, como si estuvieran sumidas en un profundo sueño; con
la mayor facilidad les puso el lazo, las ató y trajo a casa,
sin que opusiesen la menor resistencia.
Juan Sánchez al
verle llegar trayendo las dos mulas en tan breve tiempo, quedó
maravillado y principió a dar crédito a lo que decía.
Bartolomé Sánchez y Juan Sibrián, Juan Sánchez y el
indiecito se pusieron sin demora en camino para Coromoto. Al
llegar cerca del poblado los tres españoles se quedaron
escondidos en un zanjón a tres cuadras de la casa, mientras el
muchacho iba a la choza de su tío en busca de la mujer que él
decía. Dichosamente para el niño, el cacique, su tía y su mamá
estaban juntos, fuera, y a un lado de la casa.
Sin ser visto de
nadie, entró el niño en la choza; con el corazón palpitante
de júbilo, se adueñó de la milagrosa imagen, que aún estaba
en el mismo sitio donde la había puesto su tío y la trajo a
Juan Sánchez, el cual, al recibirla de manos del niño, sintió
profunda emoción, pues reconoció en ella la efigie de la
augusta Madre de Dios, María Santísima, y con respeto la colocó
en un relicario de plata que acostumbraba llevar al cuello.
De regreso a su
casa de Soropo, Juan Sánchez colocó la imagencita, que desde
entonces llamaron Nuestra Señora de Coromoto, en un altarcito;
y no teniendo sino un cabo de vela de cera negra, alumbró con
ella la milagrosa imagen. Esta humilde luminaria ardió día y
noche, sin consumirse desde las doce del domingo hasta el martes
por la tarde. Este hecho que declararon los testigos es
milagroso, pues el pedazo de vela hubiera debido arder, a lo
sumo, una media hora.
Las nubes del
cielo extendieron su manto de luto sobre las montañas y
llanuras y, a porfía, vertieron sobre la tierra su copioso
llanto; parecía que con sus aguas torrenciales quisieran lavar
la afrenta irrogada a la Reina del Universo. Debido a estas
lluvias, el Guanaguanare creció con abundancia y Juan Sánchez
para ir a la Villa, tuvo que esperar que menguaran sus aguas. El
martes por la tarde pudo vadear el río a caballo y pasar a la
ciudad, donde refirió al cura, Licenciado Don Diego Lozano,
todo cuanto sabía de la imagen; pero éste no le dio crédito,
diciendo que la estampa de que le hablaba sería obra de algún
pajarero.
Juan Sánchez, sin
apenarse por eso, regresó muy contento para Soropo, pues había
comprado lo necesario para tener una lamparita prendida delante
de la imagen, la cual estuvo en su casa hasta el primero de
febrero de 1654, es decir, un año y cuatro meses. El domingo, 9
de septiembre, el cacique dispuso la huida rápida hacia los
montes; previno a los demás indios, quienes se prepararon al
punto para acompañar a su "Capitán" éste apenas
entrado en el bosque, fue mordido por una culebra ponzoñosa. Viéndose
mortalmente herido y reconociendo en esto un castigo del Cielo
por la pésima conducta que había observado con la excelsa Señora,
principió a arrepentirse, clamando a grandes voces que le
administrasen el santo Bautismo. La Divina María, que tanto había
hecho por la conversión de los indios y de su Capitán: Ella,
la fuente de toda gracia, concedió al moribundo indio que su
alma se regenerara en las saludables aguas bautismales y no
fuera presa del espíritu de perdición. Por especial
providencia a Dios, transitaba a la sazón por este lugar un
moreno, criollo de la ciudad de Barinas, buen cristiano... éste
al punto fue y lo bautizó.
El cacique
recomendó a los indios que se mantuvieran con los blancos; y,
resignado, en medio de acerbos dolores, rindió el último
suspiro, volando su alma ya purificada en la espiritual piscina
de la gracia, a contemplar a aquella criatura incomparable, de
cuya vista el ojo nunca se cansa y en cuyo amor el corazón
siempre se deleita.
Santuario de
Nuestra Sra. de Coromoto en Guanare.
Edo. Portuguesa. Venezuela
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- Nuestra
Señora
- del
Valle
- del
Espíritu Santo
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La
Imagen de esa milagrosa Virgen denominada: "Nuestra Señora
del Valle del Espíritu Santo" a partir de 1542, fecha
aproximada, es sin duda alguna, representación de la
Inmaculada Concepción.
Nosotros la describiremos como una "muñeca", la más
bella de todas las creadas por la mano del Hombre.
El Hermano Nectario María, preocupado historiador mariano y
quién escribió hasta la fecha, obra mejor documentada al
efecto, señala: ... "La Milagrosa Imagen del Valle de
Margarita se venera en Venezuela desde los albores del
descubrimiento y conquista, por cuyo motivo, cual reliquia
sagrada de los primitivos pobladores del Oriente del País,
sin discontinuidades ha llegado hasta nuestros días".....
En resumen: la Virgencita del Valle es una representación de
la Purísima como solían hacerla en España hasta el siglo
XVI.
Si la contemplamos como gran Señora en su trono, podemos
apreciar que está vestida con un ropaje riquísimo (cada
vestido de Nuestra Señora es donado por los fieles devotos y
con un valor aproximado de Bs. 40.000,oo). Apreciamos un
rostro bello, algunos poetas dicen que tiene los ojos
entornados.
En círculo de amigos oí el comentario de que la Virgen del
Valle en algunos días aparece sonreída y en otros, con el
rostro triste y mirada nostálgica.
Volvemos al Hermano Nectario María, para completar la
descripción de la Sagrada Imagen: "El piadoso remero, al
postrarse ante la peregrina Imagen de la Virgen del Valle,
siente el influjo de la celestial pureza que reflejan el dulce
mirar y candoroso semblante de la joven y divina Doncella que,
con manos juntas, parece estática, oír la voz del Angel
saludándola como "La Llena de Gracia" y anunciándole
la gran nueva de la Encarnación del Verbo en sus castos y
virginales senos, atraídos por el brillo y pureza de su
limpia e Inmaculada concepción, privilegio sin igual, que en
la prole de concebir por obra del Espíritu Santo, al Verbo
Eterno, al Dios humanado..."
No se ha establecido una fecha exacta de la llegada de la
Sagrada Efigie a la Isla de Cubagua; se estima que pudo ser
antes de 1530.
El Padre Francisco de Villarcorta, fundador de Porlamar, como
Vicario de la Isla de Margarita, fue el encargado de bendecir
y entronizar la Venerada Imagen en la Parroquia de Santiago de
la Nueva Cádiz.
Apunta el Hermano Nectario, en la obra: "Un Gran
Santuario de Venezuela, la Virgen del Valle de
Margarita".
"Tampoco conocemos el año del traslado de la Imagen,
desde la Nueva Cádiz para la Isla de Margarita, pero
presumimos hubo de ser, a más tardar, el año de 1542 cuando
se pasaron para aquella Isla gran parte de sus vecinos, llevándose
consigo las cosas de su propiedad.
Unos vecinos se llevarían entonces la Imagen de la Purísima,
con otros efectos de la Iglesia cubaguense, para el Valle del
Espíritu Santo y la depositaron en la ermita que desde muchos
años antes existía en aquel lugar".
Aquí comienza, pues, la Historia de la que, a partir de ese año
de 1542 se llamaría: "Nuestra Señora del Valle del Espíritu
Santo".
El Valle y Porlamar están unidos por la Partida de Bautismo,
antes de ser Pueblo de la Mar se llamaba Villa del Espíritu
Santo.
Copiamos textualmente de la Real Cédula del 3 de Noviembre de
1536:
"En la Isla de la Margarita, que es en las nuestras
Indias del Mar Océano, se ha hecho un pueblo junto a la mar,
el cual, Francisco de Villacorta, protector de los Indios de
ella, le ha llamado e intitulado La Villa del Espíritu Santo
y hecho en él una Iglesia, la cual ha llamado e intitulado de
la Advocación de la Madre de Dios, la cual todo pasó en
veintiséis días del mes de marzo de este presente año de la
data de ésta nuestra carta".
Traemos esto a colación para demostrar que tanto Porlamar
como El Valle del Espíritu Santo, deben unirse en la
celebración de las "Bodas de Diamante", los 75 años
de la Coronación Canónica de la Virgen que está en el Valle
por las razones expuestas: el Padre Francisco de Villacorta,
fundador de la Villa del Espíritu Santo, fue el Sacerdote que
bendijo y entronizó la Sagrada Imagen de la que hoy veneramos
como Virgen del Valle.
Son dos fechas de gran trascendencia para estos núcleos que
integran el Distrito Mariño: los 450 años de la fundación
de la Ciudad Marina y el 75°. Aniversario de haber sido
Coronado Canónicamente la Madre de todos los Margariteños y
Orientales: la Virgen Santísima, Nuestra Señora del Valle.
Los actuales Concejales del Distrito Mariño, deben revivir
esta inscripción: "Virgen del Valle, eleva hasta el
trono de Dios tus ruegos por nosotros y derrama tus
bendiciones sobre este pueblo que lleno de respeto, amor y
veneración se prosterna a tu paso.
El Concejo Municipal del Distrito Mariño, de hinojos ante la
Reina de Cielos, invoca su protección para 4esta ciudad, que
todo lo espera de su bondad y gracia".

Vírgen de
Chiquinquirá Patrona de los zulianos
El 18 de
noviembre de 1709 una tablita arribó a las orillas del Lago de
Maracaibo. La imagen serena de la Madre del Salvador, en la
advocación de la Virgen María del Rosario de Chiquinquirá,
llegó para quedarse entre los zulianos, quienes con amor la
veneran, pidiendo con gran devoción a una Reina que se llama
simplemente Chinita.
La
historia de la Tablita
Cuenta la memoria
popular, que vivía una anciana en el barrio El Saladillo de
Maracaibo, allí, muy cerquita del abasto La Boliviana y la
Panadería Venezuela, en los alrededores de la Basílica o
Iglesia de San Juan de Dios. La anciana solitaria, vivía de
lavar ropa ajena, trabajo que hacía todas las mañanas en las
orillas del Lago.
Esa mañana, la viejita, como siempre, tomó su bulto de ropa, y
caminó calle abajo hasta llegar al malecón donde buscó el
lugar apropiado de la playa para iniciar su faena. La mañana
estaba tranquila y el cielo totalmente despejado. Apenas unas
nubes blancas se desplazaban lentamente con la brisa, mientras
unas pequeñas embarcaciones y piraguas, se bamboleaban ancladas
en el Puerto de Maracaibo.
La anciana estaba ensimismada en su tarea, pensaba, a lo mejor,
en viejos recuerdos de juventud, en su soledad, en sus
problemas. Hay quienes dicen que todos en la calle la conocían
como una mujer bondadosa y de gran corazón humanitario. A pesar
de su pobreza, era dadivosa en su escasez, desprendida en
compartir la pobreza.
Ella lavaba y pensaba, tal vez, oraba. Pedía y rogaba a la
Virgen por sus vecinos, por la gente cercana, sus compañeros de
infortunio, de fe y de esperanza. En eso estaba, cuando sin
darse cuenta, desde lejos y en medio del vaivén de las aguas
tranquilas del Lago, venía flotando en dirección a ella, una
tablita, que lentamente, llegó a la orilla, justo donde sus
manos se sumergían en el agua palabar la ropa.
Entonces la vio y en su inocencia no supo de qué se trataba.
Para ella, sólo se era una tablita, pequeña, desgastada por el
tiempo, quizás por el viaje en las aguas, pero donde era
posible ver la imagen de una Virgen desconocida, grabada con
perfección y sencillez. Pensó entonces en la utilidad que podía
dar a la tablita. Ella no podía sospechar el cambio que en su
vida iba a producir esa rústica y pequeña pieza de madera. Por
su mente sólo pasó su tinaja de agua destapada, y que desde
hacía tiempo requería de algo que pudiera cubrirla de la
intemperie y las pequeas alimañas.
Por eso la recogió. Al finalizar la labor del día, la anciana
tomó el camino de regreso, cargando junto al bulto de ropa ya
lavada, la aún húmeda tablita con la cual iba a resolver el
problema de cubrir del polvo y la impureza, la tinaja donde
reposaba el agua fresca con la que calmaba su sed.
En el camino, en su andar silencioso, a lo mejor, volvió a sus
viejos recuerdos de juventud, en su soledad o en sus problemas.
Lentamente fue llegando a su lugar. Antes de entrar a su casa,
saludó a sus vecinos, que ya se preparaban para el almuerzo.
Alguna vecina pidió algún condimento prestado para aderezar la
comida, lo que le recordó a ella, no sólo que no había
preparado su propio alimento, sino, que era muy poco casi nada,
lo que comería ese día.
Aún así, entró a su pequeña y humilde casa, buscó el
condimento solicitado por la vecina que esperaba, se lo entregó
y la despidió con una eterna bendición. Luego de volver a
ocuparse del bulto de ropa lavada, y de acomodarla para su
entrega a los respectivos dueños, buscó entonces su viejo
taburete para sentarse a descansar. Entonces recordó de pronto
la pequeña tablita, y por supuesto, su tinaja de agua fresca
que necesitaba cubrir y proteger.
La viejita fue hasta la mesa donde la había colocado y la tomó
de nuevo entre sus manos. La alzó para observarla mejor y vio
de nuevo la imagen de la Virgen dibujada en ella. Seguro le
pareció hermosa y no atinaba a concebir cómo alguien podía
haberse desprendido de tan hermosa tablita. Pero dio gracias de
todas formas a esa desconocida e imaginaria persona, pues, con
esa tablita ella podría proteger el agua fresca en su tinaja.
Entonces la colocó encima de la boca del jarro y fue nuevamente
al patio a descansar en su viejo taburete.
La tarde cayó casi sin darse cuenta. Era que se había dormido,
soñando tal vez con sus recuerdos de juventud, con su soledad y
sus problemas. Al despertar la bruma de la noche se le vino
encima casi violentamente. Entonces decidió salir a buscar
algunas velas para alumbrarse. De seguro el pulpero podría
entregárselas y anotárselas para pagarlas luego, pues, aún no
había cobrado por la ropa que había lavado.
Así fue. El pulpero le entregó un par de velas y ella,
cansada, lentamente, volvió a su casa, que pensaba, debía
estar a esa hora, totalmente a oscuras y eso la preocupaba. De
pronto, vio que la calle se había llenado de gente de manera
repentina. Todos, hombres, mujeres y niños se habían
aglomerado en la vía. Pero al aproximarse más, se dio cuenta
que todos estaban frente a su casa, que de manera extraordinaria
se encontraba totalmente iluminada.
Al verla, la gente le abrió paso, y ella, asombrada y
emocionada vio como aquella tablita con la que había cubierto
su tinaja para proteger el agua fresca, colgaba en el aire,
iluminando con una luz divina toda la habitación, mientras la
Virgen dibujada en ella, parecía sonreírle apaciguando su
tristeza y la de todos los que vivieron junto a ella el milagro
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Nuestra
Señora de
Altagracia
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Según
la tradición, Nuestra Señora de Altagracia, fue vista en sueños
por una joven en Higuey, Santo Domingo (así lo narra Mons.
Juan Pepen en su libro "Dónde floreció el
naranjo").
Hace más
de tres siglos, cuando todavía en las llanuras y bosques de
Hicayagua se encontraban restos de la indígena raza, vivía
con su familia en las regiones de Duey, uno de los antiguos
colonizadores españoles, que difrutaba de una buena fortuna y
gozaba de merecida fama y del aprecio y estima de las altas
dignidades de la colonia.
Era
costumbre en él, en épocas señaladas, hacer viajes a esta
ciudad del Ozam, con el principal objeto de vender su ganado
para proveerse de los menesteres de su hogar.
En una
ocasión, y a principio de enero, el buen padre emprendió uno
de esos viajes, trayendo el encargo de sus dos hijas, jóvenes
ambas, en la flor de su edad: la una, la mayor, alegre y muy
dada a los divertimientos, aunque de inocentes costumbres,
pidió que le llevase vestidos, cintas, encajes y otros
aderezos; la otra, apenas en las catorce primaveras de la
vida, y a quien llamaban la Niña en aquellos villorios, era,
por el contrario, de espíritu recogido, entregada a las prácticas
religiosas, que eran de su mayor agrado, encargó a su padre
la Virgen de Altagracia.
Extraña
fue para él, que nunca había oído hablar de tal Virgen, la
petición de su hija; pero así y todo, ella afirmó que la
encontraría en su viaje.
De
regreso a sus predios, con los regalos de la hija mayor,
llevaba el amoroso padre el hondo pesar de no haber conseguido
la Virgen de Altagracia para la Niña.
Habíala
buscado por todas partes, y no encontrándola, la solicitó de
los Canónigos del Cabildo y aún del mismo Arzobispo, quienes
le contestaron que no existía tal advocación.
Al pasar
por Los Dos Ríos, pernoctó en la casa de un viejo amigo. En
este tránsito, ya entrada la noche, cenando todos en familia,
refiriendo el caso de la Virgen desconocida, manifestó el
huesped viajero el sentimiento de aparecerse en su casa, sin
llevar el encargo que le había hecho su hija predilecta.
A la sazón,
un anciano de barba blanca, que había pedido le dejasen pasar
allí la noche, desde el apartado rincón en que estaba
sentado, se puso en pie y, adelantándose hacia la mesa de los
comensales, dijo: "¿Qué no existe la Virgen de
Altagracia?". Yo la traigo conmigo.
Y
echando mano de su alforja, sacó el pergamino y desenvolvió
la pintura en lienzo de una preciosa imagen que era la de María
adorando a un recién nacido que estaba en sus pies en una
cuna. Más luego el afortunado padre, viendo realizado el
ideal de su fervorosa hija, reiteró sus promesas al generoso
peregrino, invitándole a que pasase a su casa cuando quisiera
para recibir la recompensa de su donativo.
Al rayar
la aurora del nuevo día, se despertó la recocijada familia,
y cuál fue su sorpresa al buscar y no encontrar por ninguna
parte al misterioso aparecido.
El
lienzo presentaba una hermosísima imagen de la virgen en el
grandioso momento de su alumbramiento, una representación
feliz del misterios de la Maternidad Divina de María. Esa es
la Alta Gracia.
El
cuadro de Ntra Sra. de la Altagracia tiene 33 centímetros de
ancho por 45 de alto y según la opinión de los expertos es
una obra primitiva de la escuela española pintada a finales
del siglo XV o muy al principio del XVI. El lienzo, que
muestra una escena de la Natividad, fue exitosamente
restaurado en España en 1978, pudiéndose apreciar ahora toda
su belleza y su colorido original, pues el tiempo, con sus
inclemencias, el humo de las velas y el roce de las manos de
los devotos, habían alterado notablemente la superficie del
cuadro hasta hacerlo casi irreconocible.
Sobre
una delgada tela aparece pintada la escena del nacimiento de
Jesús; la Virgen, hermosa y serena ocupa el centro del cuadro
y su mirada llena de dulzura se dirige al niño casi desnudo
que descansa sobre las pajas del pesebre. La cubre un manto
azul salpicado de estrellas y un blanco escapulario cierra por
delante sus vestidos. María de la Altagracia lleva los
colores de la bandera dominicana anticipando así la identidad
nacional. Su cabeza, enmarcada por un resplandor , y por doce
estrellas, sostiene una corona dorada colocada delicadamente,
añadida a la pintura original. Un poco retirado haca atrás,
San José observa humildemente, mirando por encima del hombro
derecho de su esposa; y al otro lado la estrella de Belén
brilla tímida y discretamente.
El marco
que sostiene el cuadro es posiblemente la expresión más
refinada de la orfebrería dominicana. Un desconocido artista
del siglo XVIII construyó esta maravilla de oro, piedras
preciosas y esmaltes, probablemente empleando para ello
algunas de las joyas que los devotos han ofrecido a la Virgen
como testimonio de gratiud.
La
imagen de Nuestra Señora de la Altagracia tuvo el privilegio
especial de haber sido coronada dos veces; el 15 de agosto de
1922, en el pontificado de Pío Xl y por el Papa Juan Pablo
II, quien durante su visita a la Isla de Santo Domingo el 25
de enero de 1979, coronó personalmente a la imagen con una
diadema de plata sobredorada, regalo personal suyo a la
Virgen, primera evangelizadora de las Américas.
Cuenta
la tradición que, acompañada la piadosa doncella de varias
personas, recibió a su padre en el mismo lugar donde hoy se
encuentra el Santuario de Higüey, y que, lleno de alborozo en
sus salutaciones, entregó aquél a su hija el tan esperado
regalo.
Ella, al
pie del naranjo que aún se conserva a pesar de los siglos,
mostró a los concurrentes en aquél día 21 de enero, su soñada
imagen y, desde ese momento, quedó establecido el venerado
culto de la Virgen de Altagracia, confundida en sus principios
con el nombre de la "Virgen de la Niña".
Como la
famosa de Lourdes en Francia, la de Moserrate y la del Pilar
en España, la Madonna de Pompeya en Italia, la Guadalupe en México
y otras, la advocación de la Virgen de Altagracia es muy
popular, concurriendo a su santuario todos los años numerosas
romerías que van desde los más apartados confines de la isla
a ofrendarle los votos y promesas hechas en momentos de
tribulación.
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